Como es sabido, “Ama
llulla, Ama quella, Ama sua “ son principios quechuas que en los pequeños pueblos andinos aún son la guía para
una sana convivencia, de modo que en las casas y en las escuelas se inculcan a
los niños los hábitos de “no ser mentiroso, no ser ocioso y no ser ladrón”.
Y esa mañana el niño Ernesto llegó a la escuela manifestando que en la calle había encontrado un
sombrero mientras mostraba el objeto encontrado.
En vista de ello el
maestro puso a consideración de los alumnos lo que debía hacerse frente a
aquella situación. A lo que Miguel manifestó que se debía vender para
incrementar los fondos de la escuela, Carlos expresó que debía apropiárselo quien
lo halló, y el más pequeño indicó que dicho sombrero debía pasar a ser propiedad del
maestro, al interrogársele el porqué, dijo: “para que haya uniformidad entre el
maestro y los pobladores porque al maestro es el único que en el pueblo no se le ve usar sombrero” lo que provocó que el ambiente estallara en carcajadas. Habiendo retornado
nuevamente la normalidad, Ernesto, quien había encontrado aquella prenda dio la
palabra final, propuso que dicho sombrero debía entregárselo a su dueño. En
vista de ello el maestro manifestó que ciertamente ese era el camino legal, y
aprovechó el momento para volver a dar una lección de honradez y dijo señalando
a Ernesto, aquí tienen un ejemplo de honradez, estoy seguro de que si la
prenda hubiese sido encontrado por otra persona que es amante del hurto y a no
devolver lo ajeno, dicho sombrero hubiera ido a parar a su casa, y yo les
aconsejo seguir el ejemplo de este muchacho.
A lo que Ernesto contestó:
Ciertamente señor
maestro, eso es lo que hice, me lo llevé a mi casa, pero en eso mi mamita Adela, agarró un palo y, luego de descargarme dos garrotazos, que lo llevaré
como recuerdo, me dijo que inmediatamente buscara al dueño y se lo entregara.
Con especial respeto y cariño para todas nuestras madres
andinas que siempre encuentran la forma de corregir nuestras faltas.






















